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🌵 Cuarenta días desde que llegué a Argentina

(Segunda parte del ciclo de los 40 días)

Símbolo: la flor de cardón, la que nace en medio de la aridez y abre su belleza silenciosa en los valles secos, recordándonos que también allí la vida florece.

Hoy se cumple un ciclo. Ayer fueron cuarenta días desde que dejé Colombia, y hoy se cumplen cuarenta desde que llegué a esta tierra del sur. Dos movimientos que se completan, como las dos alas de un mismo vuelo

En el lenguaje del alma, los cuarenta días son siempre un umbral: una cuarentena que permite que algo muera y algo nuevo nazca. Y siento que, con este amanecer, vuelve la luz. Ya puedo mirar esta tierra y sentirla mía, comprender que este primer ciclo se ha completado.

🌎 Llegar con el alma en tránsito

Al llegar a Argentina venía con el corazón lleno de ilusiones, tres gatos, dos niños y una vida completa empacada en maletas. Habíamos soltado mucho, pero todavía no sabíamos cuánto más tendríamos que soltar.

En el vuelo ya sabía que Guille no podría llegar al aeropuerto; el auto se le había descompuesto en el camino. Me lo dijo cuando yo estaba en Lima: —Tranquila, mi hermano y mi sobrina te recogen.— Ya los conocía, claro, pero no era lo mismo. Venía con tres gatos, dos niños, las maletas y el alma encogida, sintiendo que el único rostro que necesitaba ver no iba a estar. Todo el viaje fue una mezcla de ansiedad, de sostener, de confiar.

Al aterrizar, mientras hacía los documentos de entrada de los gatos a Argentina, Ele y Nel se adelantaron hacia la salida. Volvieron enseguida, con una sonrisa enorme y los ojos brillantes: —“¡Ya están esperándonos! Está toda la familia de Guille.”— Ahí el alma me volvió al cuerpo.

Cuando por fin pude salir, me recibieron con abrazos, con risas y con una frase que aún resuena en mi pecho: “Bienvenidos, aquí está tu familia argentina.” Esa bienvenida fue la primera caricia de esta nueva tierra.

🐈 Despedidas y encuentros del alma

Y así, casi al mismo tiempo a los tres días de llegar a Salta, una de las gatas —la más casera, la que siempre estaba con nosotros— se fue y no volvió. Era una casa de paso, de alquiler, y aunque la buscamos y esperamos durante días, no regresó. La otra, aquí en Potrero, partió a los diez días de nuestra llegada.

Recuerdo la última mirada —esa forma en que los animales dicen adiós sin palabras— y entendí, aunque doliera, que hay despedidas que no se eligen:
también son parte del camino.

En medio de esas primeras semanas en Salta, también llegaron los encuentros. Fuimos a cumpleaños, activaciones, ceremonias, reuniones… y en cada una de ellas sentí el calor de los hermanos del alma que me habían acompañado en otros tránsitos y que ahora estaban ahí, recibiéndonos en cuerpo y presencia.

Yo ya los conocía, pero verlos con mis hijos fue distinto: fue confirmar que esa familia del alma no era solo mía, sino también de ellos. Que no habíamos llegado solos, que esta tierra nos estaba tejiendo en comunidad.

Para Elena, especialmente, fue una certeza profunda. Al verlos, supo que no llegábamos a un país nuevo, sino a una familia que ya nos esperaba. Y ahí comprendí que venimos de lo mismo: del mismo amor, de la misma fuente, del mismo vuelo compartido.

🏔️ Potrero: el portal entre mundos

Después vino Potrero. Llegar aquí fue como atravesar un umbral invisible. Veníamos aún con el corazón temblando, tratando de entender todo lo que había pasado en tan pocos días: las bienvenidas, las pérdidas, el movimiento constante.

Potrero nos recibió distinto: con silencio. No fue una llegada ruidosa ni inmediata; fue más bien un descenso hacia la calma, aunque por dentro todavía todo se movía.

Los niños llegaron desbalanceados, con la ansiedad del gran cambio y la confusión de ver por primera vez a su mamá en pareja, ya no de paso, sino en una nueva vida. Fue un tiempo de emociones encontradas, de búsquedas y de adaptación para todos.

Y, aun así, esta tierra empezó a ejercer su poder silencioso: un llamado del alma que, sin palabras, nos invitaba a arraigar, a respirar distinto, a escuchar su ritmo antes de intentar marcar el nuestro.

Aunque deseábamos quedarnos ya en Potrero, la vida nos pidió volver a Salta varias veces. La distancia —más de tres horas y media de camino—
hacía que cada viaje fuera largo, exigente, removiendo algo diferente cada vez.

Había trámites que resolver, compras necesarias y reencuentros con los amigos que nos habían acompañado en este tránsito. Pero cada salida me generaba ansiedad: sentía que apenas llegaba a enraizar y ya debía volver a moverme.

Con el tiempo entendí que también eso hacía parte del proceso. La vía —literal y simbólicamente— nos estaba enseñando a sostener el movimiento,
a volver sin perder el centro, a pasar de la velocidad de Bogotá a la cadencia más pausada de Salta, y de ahí a la lentitud sagrada de Potrero.

Poco a poco, entre esos regresos, los niños también comenzaron a encontrar alegría en el volver: reconocían los paisajes, los cardones, el aire limpio;
y cada vez que regresábamos, la casa se sentía un poco más nuestra.

Así fue como este valle se convirtió en portal: entre la ciudad y la montaña, entre lo que se apura y lo que espera, entre lo que éramos y lo que estamos aprendiendo a ser.

🌱 La tierra como maestra

Aquí, en los valles, la tierra no parece fértil a primera vista. Es seca, con amplias extensiones de arena y cardones separados; las plantas se protegen con espinas y el verde aparece solo donde puede.

Cuando llegamos, veníamos con la ilusión de empezar de inmediato nuestro proyecto de huerta. Creíamos que bastaba con tener tierra, sol y ganas.
En Colombia, donde todo germina todo el año, uno lanza una semilla y pronto ve el brote. Pero aquí no. Aquí la tierra pide tiempo, pide que uno la conozca, la escuche, la respete.

Pronto entendimos que nada de lo que imaginábamos podía hacerse tan rápido. La tierra —y las personas que la habitan— tienen un ritmo distinto, y nuestra alma también empezó a acompasarse con esa lentitud.

No hemos podido iniciar todos los proyectos que soñábamos, más allá de Elena con las cabras y Nel empezando a mover la tierra con curiosidad. Pero en ese aparente detenimiento algo profundo comenzó a florecer.

Porque aunque esta tierra no germina fácilmente por fuera, empezó a fertilizar por dentro. Fue el alma la que empezó a ablandarse, a nutrirse, a encontrar su propio ritmo.

Aquí el movimiento no es exterior: es interior. Y en esa pausa, silenciosa y firme, sentimos que algo en nosotros empezó a enraizarse de verdad.

🔥 El fuego creador y la paciencia del alma

Esta enseñanza de la tierra vino de la mano con otra lección más profunda. En Colombia, donde todo germina rápido, yo también vivía a ese ritmo: encendida por mis fuegos creativos, creando, abriendo caminos, pero sin darme el tiempo de sostenerlos.

Tenía energía eléctrica, conexión, recursos, y no valoraba el tiempo. Saltaba de un proyecto a otro, con entusiasmo, sin permitir que echaran raíces. Cada creación era una ráfaga luminosa, pero muchas veces se apagaba antes de volverse llama estable.

Aquí, en cambio, la vida me mostró otro ritmo. Cuando preparé el Desafío de los 21 días, llegué con toda la energía lista: los materiales, las ideas, la visión completa. Pero el movimiento no me permitió grabar en Colombia, y al llegar a Potrero comprendí que esa creación debía nacer desde aquí.

Fue una iniciación. En Potrero no teníamos electricidad constante ni conexión estable. Para grabar los videos debía ir a la enfermería de la zona a pedir el favor de cargar el celular, calcular las horas de batería y esperar los momentos en que el internet soportara algo más que un mensaje. Cada día fue una prueba de paciencia y de confianza.

Pero en ese ritmo lento algo se transformó. Ya no se trataba de correr detrás de los fuegos creativos, sino de encender un fuego sagrado que pudiera mantenerse: nutrido por el viento de las ideas, el agua de la emoción, la tierra que lo sostiene y el éter en forma de amor — ese hilo invisible que une, contiene y da sentido a toda creación.

Entendí que mi trabajo no son ráfagas de energía, sino semillas de conciencia. Que necesitan ser sembradas, cuidadas, regadas y también dejarse un tiempo bajo tierra antes de brotar.

Y así, como la tierra de Potrero, yo también empecé a germinar de otro modo: más despacio, más profundo, más verdadero.

🌞 El fuego cotidiano

Hoy me despierto envuelta en el silencio del valle. A mi lado, el calor de mi amado; y afuera, la voz de mi hija golpeando la puerta,
pidiendo algo de comer porque ya se va con las cabras.

Hoy es domingo —y eso lo hace aún más hermoso—, porque ir con las cabras no es una tarea, sino un propósito, una forma de pertenecer a esta tierra que poco a poco nos adopta.

Camino despacio hacia el campo, recojo la leña con calma, escucho el canto de los pájaros entre los cardones y enciendo el fuego para calentar el agua del calefón.

Ya no hay prisa. En cada gesto cotidiano siento la misma enseñanza de esta tierra: que todo tiene su momento, su temperatura, su raíz.

Mientras cuido el fuego, escribo estas palabras. Este artículo no nace del impulso, sino del pulso. De esa vida que ahora fluye más lenta, más consciente, más cercana al latido del corazón y al ritmo del viento.

Y entonces lo comprendo: no vine al campo a encontrar silencio, sino a escuchar el silencio que siempre estuvo dentro.

Cuarenta días después, florece en mí la certeza de que la verdadera siembra no es afuera. Es adentro, donde la vida aprende a echar raíces en lo invisible y a florecer, incluso, en medio de la aridez.

💛 Texto y experiencia: Cata Heincke — Potrero de Payogasta, 2025

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