Quiero contarte algo muy personal.
Mi hijo Gustavo, de 18 años, que vive en Colombia, vino a visitarme después de nuestra separación más larga. Han sido ya cuatro meses y un poco más desde que me vine a vivir a Argentina y él decidió quedarse en Colombia.
A Gus siempre lo sentí como mi mayor aliado. Ese hijo que se te da más fácil. El más apegado. Con el que discutes poco y sientes que te lee, que te ayuda mucho.
Fue muy duro cuando decidió quedarse.
Si bien siempre ha cuestionado todo —y me ha ayudado a ver muchas de mis inconsistencias— daba la sensación de mirarnos en un espejo amoroso. Fuerte, pero muy amoroso.
Ahora que llega, el espejo cambió.
Mis decisiones de venirme a vivir fuera y su decisión de no acompañarme lo hicieron madurar muchísimo. Confrontarse personalmente. Tomar su poder personal. Mejorar la relación con su padre. Y deconstruir, con ojo MUY crítico, su relación conmigo.
Anoche, después de su segundo día en Argentina y de conversaciones muy profundas que me llenan de orgullo al ver la persona que es —y que también han sido profundamente dolorosas— me fui a dormir con dolor de cabeza y lágrimas en los ojos.
Me siento cuestionada.
Invalidada.
Muy juzgada.
Por momentos siento que es injusto. Como si se dejara de ver todo lo hecho para juzgar con fuerza e inclemencia mi actuar.
Pedí a la Virgen asistencia y a Dios mucha sabiduría.
Hoy desperté. Primero llegaron nuevamente un par de lágrimas. Y luego un regalo hermoso: un espejo y muchos recuerdos.
Habitar a mi madre
Apareció esta frase:
Los hijos son muy duros al cuestionar a las madres.
Y pasaron todas las veces que yo fui así con la mía.
Por un momento la habité cuando yo decía esas palabras. Sentí lo que pudo haber sentido. Y le pedí perdón.
Luego vi algo más grande.
Yo fui capaz de tener esas conversaciones después de los 30, casi llegando a los 40. Mi hijo lo está haciendo a los 18.
Y eso no es fracaso.
Es fortaleza.
Es poder construirse antes.
La culpa y la muerte de la madre perfecta
Después regresé a mí.
Al dolor.
A llorar de nuevo y darle su lugar.
Revisé mis decisiones para ver si mi dolor era culpa.
Y reconocí que sí he habilitado mucha culpa.
Poco después de lanzar la Puerta 1 de la Bitácora de Vuelo Familiar, se desató una crisis total que me impidió avanzar con la velocidad y fuerza que quería para escribir la Puerta 2: Familia en Armonía.
Porque tenía que permitir que se deconstruyeran las ideas de madre que tenía instaladas.
Para asumir las consecuencias de ser una que vive desde el corazón.
Que hace cosas que salen totalmente de los mandatos familiares y sociales.
Que lleva a sus hijos a tomar vuelos inesperados y muy juzgados —por ella misma y por el entorno—.
Que tiene que asumir también la vergüenza cuando pasan cosas con sus hijos por esos cambios y siente que se le fueron de las manos.
Que la miran, la señalan… y se señala a sí misma.
Para que una vez que permita que muera aquella que fue, pueda nacer la que es.
Y la que muere es la “niña buena”.
La “madre perfecta”.
Por momentos aparece la “madre víctima”.
A veces la “madre victimaria”.
Y poco a poco va naciendo, desde el corazón, la madre que Soy.
Yo.
Y esas muertes duelen.
Y ese parto duele.
Porque somos recién nacidas y estamos en puerperio al mismo tiempo.
También muere la idea que teníamos de nuestros hijos
Con Gus veo que en ese proceso también muere la idea que teníamos de nuestros hijos.
Para ellos morimos.
Y mueren con nosotras.
Tienen que renacer.
Renacen en sí mismos.
Renacen en su corazón.
Los aterra.
Los confronta.
Y aquí tienen que maternarse para poder renacer.
Es una gran muerte y un gran parto, familiar e individual.
Lo que comprendí mirando a mi propia madre
Y entonces apareció algo aún más profundo.
Yo hoy puedo sostener este dolor con una certeza:
lo estoy viviendo por haber seguido mi corazón.
Eso me ancla.
Pero mi mamá no tuvo ese ancla.
Ella vivió su vida “por nosotros”.
Hizo todo lo que consideró que la llevaba a ser buena madre.
Con poca información.
Con un deber ser muy marcado.
Sin espacios para habitarse.
Ella hizo lo mejor que pudo desde el mandato.
Yo hoy estoy haciendo lo mejor que puedo desde el corazón.
Y aunque duela, hay una diferencia enorme.
Porque vivir desde el corazón no evita el dolor.
Pero lo vuelve coherente.
Y la coherencia sostiene.
¿Vale la pena?
Esta mañana, entre lágrimas, culpa y vergüenza, entendí algo:
Sí, duele.
Sí, por momentos se siente injusto.
Pero cuando miro que todo esto fue por seguir mi corazón…
vale toda la pena del mundo.
Y si algo tengo claro hoy es esto:
Si podemos vivir desde el corazón, aunque tiemble todo…
eso cambia generaciones.
Eso transforma linajes.
Eso expande conciencia.
Un regalo
Por eso hoy quiero regalar la Puerta 1 de la Bitácora de Vuelo Familiar.
No como estrategia.
No como promoción.
Sino como un acto de expansión.
Porque si vivir desde el corazón se puede aprender, practicar y sostener…
quiero que eso se multiplique.
Si quieres recibir la Puerta 1 ahora mismo, deja tu correo aquí.
Podrás descargarla inmediatamente y también te llegará a tu email para que la tengas guardada.
Te abrazo,
Cata Heincke