Hoy, a cuarenta días de haber dejado Colombia, puedo decir que no fue solo empacar una casa. Fue recoger una vida entera, una historia llena de raíces, de risas, de cuadernos de colores, de papeles guardados con amor.
Tomar la decisión de venirnos a Argentina fue, para mí, un acto de amor. Un amor que se abrió en dos direcciones: el amor por un hombre y por una tierra que siento que me llama desde hace años, y el amor profundo por mis hijos, por el sueño de ofrecerles una forma distinta de aprender, más libre, más viva, más cerca de la naturaleza y del corazón.
Pero ese sueño, que para mí era expansión, para ellos fue también pérdida. Dejar Colombia significó dejar a sus amigos, a su familia, a todo su mundo conocido. Y aunque yo lo vivía como un paso de crecimiento, ellos lo sentían como una obligación. Gustavo, con dieciocho años, decidió quedarse en Colombia y seguir su propio vuelo. Yo lo entendí con el alma apretada: cada uno tiene su momento, su llamado, su propio ritmo para volar.
Entonces quedamos nosotros tres —mi hijo menor, mi hija pequeña y yo— preparando la partida. Comenzamos a vaciar la casa el 7 de septiembre, justo en la entrada energética del portal 9·9·9, ese día en que algo en mí comprendió que un ciclo grande estaba cerrando. Cada caja era un espejo. Cada rincón traía memorias. Cada objeto nos preguntaba si queríamos seguir cargándolo o si ya podíamos soltarlo.
Y entre todas esas cosas, hubo un momento en el que no pude contener las lágrimas: cuando abrí las carpetas de las primeras letras de mis hijos, sus dibujos torcidos, sus cartas, sus cuentos. Ahí estaba el corazón de mi maternidad. Ahí lloré de amor, de gratitud, de nostalgia y de orgullo. Poco a poco fuimos entregando lo que habíamos acumulado. Algunas cosas se vendieron, otras se regalaron como pequeñas herencias de corazón. Lo que quedó, lo donamos a un programa de madres cabeza de hogar.
El 9 de septiembre nos despedimos también de nuestros dos perros. Ellos se quedaron en Colombia, en la tierra que los vio nacer, como guardianes de nuestra historia y con la promesa de reencontrarnos en Argentina en unos meses. No fue un adiós, fue un hasta luego. Y en el fondo, siento que así ha sido con todo: no hay despedidas definitivas, solo formas nuevas de encontrarnos.
El 13 de septiembre nos reunimos en familia, en una balsa en medio del embalse. Formamos un círculo —mis hermanos, sus familias y yo— y nos tomamos de las manos para agradecer el camino compartido. El agua nos rodeaba como un espejo, reflejando el cielo y nuestras emociones. Cada uno agradeció y expresó lo que sentía, recordando los años vividos, las raíces que nos sostienen, la historia que nos une. Y al final hablé yo. Las palabras surgieron desde un lugar tan profundo que me tembló la voz, y de mi boca nació una frase que aún me acompaña:
No es que la familia se divida, es que abrimos fronteras.
Esa frase se volvió un ancla. Una manera nueva de entender que el amor no se rompe cuando los caminos se separan, sino que se expande para abrazar nuevos horizontes.
Días después, el 17 de septiembre, fuimos los cuatro juntos —Gus, los dos pequeños y yo— para agradecer lo vivido. Encendimos un fuego en la noche, justo antes del amanecer del 18, cuando se abría un nuevo portal. Agradecimos la casa, los años compartidos, los aprendizajes, la historia que nos trajo hasta allí. Fue un fuego de cierre, de honra y de bendición.
Y al día siguiente, el 18 de septiembre, en casa de mi mejor amigo, realicé una ceremonia más profunda: una despedida en el alma, una liberación de los pactos antiguos —familiares, de esta y de otras vidas— que todavía bloqueaban los caminos. Fue una ceremonia íntima, solo con él, pero poderosa. Sentí que algo se reacomodaba en mi alma, en mis vínculos y en mi linaje, como si el viaje que íbamos a emprender necesitara primero ese acto de reconciliación interior.
Con el tiempo entendí que ese cierre no fue solo para mi familia de sangre. El puente que se abría era también para la familia del alma: amigos entrañables, hermanos de camino, seres que han sido hogar en tantas etapas. Como Nico, mi hermano del alma, y tantos otros con quienes compartimos despedidas llenas de amor, yo y mis hijos, cada uno a su modo. El fuego del 17 y 18, el agua del 13 y la luz de esos abrazos eran también una bendición para todas esas relaciones que no terminan, sino que se transforman.
El 27 de septiembre, la casa se vació casi por completo. Se fueron los muebles, los libros, las cosas que no seguirían con nosotros. Solo quedaban las pertenencias de Gustavo y algunos rastros de nuestra vida cotidiana. Todavía se sentía la presencia de lo que habíamos sido.
Y cuando la casa comenzó a vaciarse, también se llenó de recuerdos: de los días felices, sí, pero también de los días de lágrimas, de los días de crecimiento, de los días de aprendizaje. De todo lo que hace parte de una historia de familia: una familia que llegó allí con seis miembros; que un día vio al papá irse, se quebró y luego volvió a recomponerse; que después vio abrir las alas de Alicia hacia Japón y las de Gustavo para quedarse en Colombia; y que finalmente emprendió su propio vuelo hacia Argentina. Esa casa quedó vacía de cosas, pero llena, llenita de amor.
El 28 de septiembre fue nuestra última noche con Gus. Ese día se llevó sus cosas y cerró su propio ciclo en la casa. Fue un momento intenso, de abrazos largos y silencios profundos. Nos miramos sabiendo que algo muy grande se transformaba. Él se quedaba en Colombia abriendo su propio camino, y nosotros seguíamos rumbo al nuestro. Habíamos hecho este cierre juntos, con amor, con lágrimas, con respeto por los destinos que se abrían.
Al día siguiente, mi hermana me recogió para llevarme al aeropuerto. A los niños los llevó su papá. Gus llegaría un poco más tarde, con los tres gatos, para encontrarnos antes del vuelo. Yo iba antes para hacer las últimas diligencias, cambiar los dólares, cerrar los pendientes.
Pero cuando salí de la casa, cerré la puerta y me volteé a mirarla vacía, algo dentro de mí se detuvo. Quedé pasmada, en silencio, sin entender del todo lo que acababa de pasar. No me di cuenta de que me había ido hasta que dejamos Chía atrás y comenzamos a entrar en Bogotá, rumbo a esas últimas diligencias. Entonces sentí un vacío infinito. Un vacío que, poco a poco, se fue transformando: de la parálisis al desahogo, de lo atascado a lo que por fin podía fluir.
Ahí comprendí que no solo dejaba una casa, sino también las emociones contenidas de años: las pérdidas, las renuncias, los esfuerzos por sostener, los duelos silenciosos de la maternidad, del trabajo, de los amores y las formas que ya no podían seguir siendo. Ese momento tuvo el mismo eco que cuando murió mi papá: cuando él se fue y todo quedó, solo que esta vez todo se fue… y yo quedé. Fue una muerte simbólica. Una muerte que abría paso a la vida nueva que estaba por nacer.
El 29 de septiembre, salimos hacia Argentina con dos maletas: una de 23 kilos y otra de 10. Llevábamos muy poco, pero todo lo esencial estaba dentro: nuestras manos, nuestras risas, nuestras memorias, nuestra fe.
No sé si alguna vez una despedida se siente completa. Pero sí sé que cuando se parte con el corazón lleno, el camino se abre con amor.
A veces, el vuelo comienza justo cuando el suelo se nos deshace bajo los pies.